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Volver a casa: cuando lo que tenemos no entra en la maleta
febrero 24, 2026Durante algún tiempo —especialmente quienes ya llevamos varias décadas en la vuelta— dimos por sentado que el mundo funcionaba con cierto grado de previsibilidad. No porque fuera necesariamente estable, sino porque las reglas –con todos sus matices– parecían durar lo suficiente como para permitir tomar decisiones a largo plazo.
Ese es, en definitiva, el sentido de tener reglas y leyes: conocer el marco, saber qué puede pasar. Tener, al menos, algo de tranquilidad.
Hoy, esa sensación se está desarmando.
Basta con mirar a nuestro alrededor. No sabemos bien qué va a decidir Estados Unidos, la gran potencia mundial, para dentro de unas horas. Desde una intervención en Venezuela para desplazar al dictador Maduro, hasta las amenazas a Irán, desde la creación de un Board of Peace con mayoría de integrantes que de democracia saben poco, hasta la puja por los aranceles, la política de extradición, una nueva reforma fiscal o incluso la aparición de un documental en el que se asegura que el presidente de los Estados Unidos anunciaría al planeta la existencia de vida extraterrestre.
Pero no es solo Estados Unidos, claro.
Sudamérica vuelve a debatir reestructuraciones fiscales y nuevas amenazas de impuestos —sí, otra vez— a los más ricos. Venezuela continúa con su gobierno socialista, aunque intervenido por Trump. Oriente Medio sigue siendo un hervidero permanente. Brasil atraviesa un año electoral. Argentina y el libertarianismo de Milei que despierta tanto expectativas como temores, pero sobre todo enormes interrogantes. América Latina y su rotación constante de gobiernos, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Europa, debilitada por el exceso de regulación, la baja de natalidad y la fuerte inmigración ilegal que recibe a diario, muestra sociedades fragmentadas y rumbos que pueden cambiar drásticamente de una elección a otra, y en general lo hacen para peor. Rusia y Ucrania; China. Y mucho más.
Así vivimos.
No voy a detenerme a evaluar si los procesos son buenos o malos. A esta altura ya todos saben lo que defiendo, lo que me gusta, lo que valoro. Incluso he cuestionado gobiernos que voté —o que podría votar— y he elogiado decisiones de gobiernos que no me gustan ni me gustarán, cuando esas medidas apuntaron a devolver libertades individuales.

Creo que lo que tenemos que aceptar, de una buena vez, es algo básico: esta época impredecible no es una excepción, ni una etapa pasajera. Es el escenario que nos tocará vivir por al menos algunas décadas.
En contextos así, suelo ver varios caminos —o al menos caminos que se toman con naturalidad—. Está quien no hace ni dice nada, y solo espera que pase el temporal. Están quienes toman decisiones guiados por titulares de los portales o por lo que hacen sus conocidos. En ambos casos, las decisiones —porque no hacer nada también es una decisión— parten del mismo supuesto: que el problema es coyuntural.
La otra senda es la que yo propongo cada vez que hablo de estos temas. Lo que está cambiando no es un gobierno en particular ni una política puntual, sino el marco. Las reglas cambian, y lo hacen cada vez más rápido. Las consecuencias duran menos. Lo que ayer parecía sólido, hoy necesita ser revisado.
Cuando el entorno se vuelve volátil, la tentación es buscar respuestas inmediatas. Yo no creo en los milagros ni en los magos. No hay forma de predecir el futuro, pero sí hay maneras de que los cambios en las reglas —políticas, fiscales, institucionales— nos encuentren con mejor margen de maniobra.
Planificar en contextos previsibles es relativamente sencillo. Planificar en contextos inciertos exige algo más incómodo: aceptar que el mundo no va a ordenarse para facilitarnos las decisiones. La protección patrimonial no sirve para adivinar el futuro, pero sí para evitar quedar atrapados —o peor aún, abandonados— cuando el futuro cambia. Por otro lado, las herramientas de planificación patrimonial que hoy conocemos, usamos a diario y son válidas y eficientes para estructurar patrimonios, pueden dejar de serlo en el futuro cercano.
La incertidumbre no va a desaparecer. La verdadera pregunta es qué vamos a hacer al respecto.
Comparto esta reflexión porque la realidad me preocupa. Aunque haya quienes sostengan que estamos atravesando una transición hacia algo mejor, yo tengo mis dudas. O, mejor dicho, algunas tristes certezas.
¿Hacia dónde vamos? Se lo pregunto a ustedes. Me lo pregunto a mí.




