
Resiliencia: qué hay detrás de los mitos alrededor de BVI
julio 29, 2026Entre reuniones con clientes, viajes y eventos, vengo pensando en algo que quiero compartirles. Cada tanto alguien me pregunta, medio en broma medio en serio, cuánta plata hay que tener para ser rico. Y la verdad es que siento que la pregunta está mal planteada. La riqueza real tiene mucho menos que ver con el patrimonio que con lo que ese patrimonio te permite hacer.
Los bancos privados tienen su propia vara: a partir de determinados millones de dólares en activos líquidos, a una persona la etiquetan como «high net worth» o «ultra high net worth». Pero cuando le hacés esa misma pregunta a la gente —no a sus bancos ni a sus asesores— las respuestas casi nunca hablan de un número. Hablan de otras dos cosas: independencia económica y poder adquisitivo. Es decir, cuántos años podés sostener tu nivel de vida sin generar un peso más, y respecto de qué bienes o servicios todavía mirás el precio antes de decidir una compra (restaurantes, vacaciones, automóviles, relojes, etc).
Y ahí aparece una manera muy concreta de medirlo, que a mí me gusta mucho: sos rico cuando podés financiarte tus propios lujos. Para algunos, lujo es volar en avión privado. Para otros, mucho más modestamente, es poder tomarte una clase de tenis a las diez de la mañana de un martes sin mirar el reloj ni el calendario laboral. La escala cambia, pero la esencia es la misma: la riqueza es la capacidad de elegir cómo usás tu tiempo y tu dinero sin que nadie más decida eso por vos. Riqueza aquí no es independencia económica ni poder adquisitivo, sino libertad.
Ahora bien, antes de seguir hay algo que quiero dejar bien claro: querer ser rico no tiene nada de malo, y hacerse rico no le quita nada a nadie.
Circula hace décadas la idea de que «nadie amasa una fortuna sin hacer harina a los demás». Suena ingeniosa esta frase, pero es 100% falsa. Parte de una premisa que la economía desmintió hace tiempo: que el intercambio es un juego de suma cero, donde si uno gana, otro necesariamente pierde. En un intercambio libre y voluntario ganan las dos partes. Y en el camino a hacerse rico, una persona genera trabajo, ingresos y oportunidades para muchísima otra gente además de para sí misma. Nadie se hace rico solo.
Y esto último es, para mí, el corazón de todo el asunto. Porque si me preguntás qué es lo que realmente mide si me fue bien un día, un año o una vida entera, no te voy a hablar de una cifra en un estado de cuenta. Te voy a hablar de cuánta gente ganó algo porque yo gané.
Cuando cierro una estructura que protege el patrimonio de una familia, no solo gana esa familia: gana el estudio, ganan quienes trabajan conmigo, gana el sistema que decidió confiar en nosotros antes que en otro. Cuando un cliente me llama porque tiene un problema que no sabe cómo resolver, y logro que cuelgue el teléfono más tranquilo que como lo agarró, ese también es un tipo de ganancia, aunque no aparezca en ningún balance. La riqueza que de verdad importa se parece más a eso que a un número con muchos ceros.
Por eso me cuesta tanto entender —y por eso también me indigna— ese relato tan instalado que iguala ambición con codicia. Como si el que construye algo grande lo hiciera a expensas de los demás, y no gracias a ellos y para ellos. La ambición, cuando es genuina, no es querer tener más que el resto. Es querer convertirte en la persona con la que el resto puede contar.
La persona que crea oportunidades donde antes no había ninguna. La que resuelve el problema que nadie más sabía cómo resolver. La que le cambia el rumbo a la historia de su familia, y de paso, a la de unos cuantos más. La que le abre una puerta a alguien que, sin esa ayuda, jamás la hubiera cruzado.
Nada de eso es codicia. Es responsabilidad. Es, en el fondo, una forma de amor: por los tuyos, por la gente que elegís rodearte, por el legado que vas a dejar cuando ya no estés para explicarlo vos mismo.
Y ahí está, creo, la trampa del relato del pobrismo: convence a la gente de que aspirar a más es una falta moral, cuando en realidad es todo lo contrario. El verdadero éxito no se mide por lo que uno acumula ni guarda para sí. Se mide por cuánta gente está mejor porque vos te negaste a conformarte con menos. Por cuánta gente pudo estudiar, arrancar un negocio, salir de un problema legal, dormir tranquila una noche, gracias a que alguien —vos— decidió no jugar chico.
Así que la próxima vez que alguien pregunte cuánta plata hay que tener para ser rico, recomiendo pensar en esa otra pregunta: ¿cuánta gente se va a beneficiar porque vos ganes? Si la respuesta es «bastante», ya sos rico, más allá de lo que diga tu cuenta bancaria. Y si además podés pagarte el avión o la clase de tenis a las diez, mejor todavía. Pero eso, al final del día, es la consecuencia. No la causa.
¿Qué opinan ustedes?




